Raquel Rivas Rojas, de la lucha desigual en Venezuela, escribe: «Inventario para después la guerra»

Marlenis Castellanos Querales. Las Palmas GC/
Fotos cortesía de Raquel Rivas Rojas

El 31 de mayo, en Edimburgo, fue la presentación oficial de «Inventario para después la Guerra», el último libro de Raquel Rivas Rojas, periodista venezolana.

Raquel Rivas Rojas

Los 30 textos que componen el libros relatan la lucha desigual de estudiantes contra bombas lacrimógenas, balas y tanques; de jóvenes que comenzaron a usar brazaletes y cintas tricolores, chapas y consignas como símbolo de resistencia, y que fabricaron escudos de madera que les llenaban de honor y en nada les protegían.

El libro resume un período de luchas estudiantiles en Venezuela. Sin embargo, al leerlo, las historias pueden pertenecer a cualquier país que sufra las penurias de una confrontación bélica.

Son textos cortos, que presentan el desgarro de la muerte, el dolor de la guerra, del desconsuelo de quien lucha, del abismo de quien se marcha, del territorio de nadie del que se queda atrapado en una pelea absurda, como toda guerra.

El libro se presenta en edición bilingüe, y fue cuidadosamente diseñado para ofrecer ediciones únicas: la portada es de Elizabeth Arias Flores (Elizaria), docente venezolana que vive en Chile y Elizabeth Cárdenas Villalobos.

Cada portada lleva escapularios y escudos hermosamente tejidos por Elizaria.

El prólogo es de Bárbara Fernández Melleda, la traducción de Catherine Boyle, la diagramación y encuadernación también de

Elizabeth Cárdenas Villalobos y la ilustración de Julio Núñez Rivera.

Extracto de «Inventario para después la guerra»

«Pensamos que teníamos que distinguirnos de ellos de algún modo, pero despreciamos los fríos uniformes. Empezamos usando brazaletes y cintas tricolores que nos amarramos en la frente o en la cintura. Diseñamos gorras y chaquetas que las tías y los abuelos cosían de madrugada, robándole horas al sueño cuando por un milagro la luz había llegado y se quedaba un tiempo.

Nos llenamos la ropa de chapas y consignas, fabricamos escudos de madera, que decoramos con signos religiosos o esotéricos. El ying y el yang, la cruz de San Benito, alguna complicada runa celta, el ocho acostado del infinito, el árbol de la vida, el símbolo adinkra de la tierra dibujado en negro sobre fondo blanco.

Sabíamos que los escudos no nos protegerían de las balas, ni de las lacrimógenas, ni de la insistente metralla, ni de las bombas cada vez más potentes que empezaron a lanzarnos desde los helicópteros. Y aún así los escudos se fueron convirtiendo en parte del vestuario que nos recordaba que estábamos en peligro de muerte cada ínfimo segundo de cada día. Con ellos nos armamos de valor, en ellos descansamos».

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